Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, diciembre 9

El teatro de Adamov, 40 años después de su muerte



Ahora que la oferta teatral es abundante y ecléctica, cuando la cultura se ahoga en el untuoso territorio de la subvención a diestra y siniestra; en este tiempo en el que ni Brecht encuentra el resquicio por donde agitar la conciencia social, ¿a quién se le ocurriría la feliz idea de hacerle un hueco, ya sea estatal, alternativo o comercial a Arthur Adamov?

En noviembre de 2004, tras una ejemplar exposición escénica de Fin de partida de Beckett (reseña en cnt no 306), dije al factótum de La Puerta Estrecha que algún día me agradaría asistir a la
representación de alguna obra de Adamov (1908-1970), francés de origen armenio, a lo que el hombre de teatro respondió: “Uy, ese sí que es un desconocido” Y lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Es difícil explicar cómo es posible semejante dislate, sobre todo si consideramos la información que sigue: en Francia, en los años que siguieron a la II Guerra Mundial, las obras de Adamov alcanzaron una presencia escénica que arraigó en el acervo del pueblo. Su teatro fue definido por la crítica como ejemplo de compromiso, en la línea practicada por el Berliner Ensemble y más adelante por el Teatro Negro de Praga, cerca siempre de la problemática más candente, personal o colectiva. No hay compartimentos estancos en la dramaturgia de Arthur, la vida individual fluye en el magma social y se pringa sin remedio, el ser humano es impelido a participar y a sufrir las consecuencias de malvivir en un medio ambiente viciado por el aislamiento individualista y la indiferencia colectivizada.
Adamov es nítido al incidir en la desolación sin paliativos de la condición humana; de sus personajes se deduce que nadie espera nada de nadie, presupuesto que implica algo más que un cinismo irreductible, pues hablamos de nuevo de lo absurdo de la existencia. El autor ejemplifica el sinsentido y el fracaso con un humor decididamente surrealista, movimiento con el que tuvo afinidad antes de volar en solitario.
En La invasión el lector se enfrenta a un argumento extraño: un manuscrito de un célebre autor domina el escenario azarosamente distribuido por los muebles que pueblan el decorado, una mesa, unas sillas, una cama, una estantería e incluso el suelo. Tenemos un grupúsculo que somete el original póstumo a una escrutación agotadora de las palabras que, por tachadas o de lectura difusa o equívoca deben ser rastreadas y, en la medida de lo posible, recuperadas e insertadas en un contex-to aún por definir; un contexto social que trasciende las preocupaciones del reducido círculo al que el escritor ha dejado huérfano de su presencia física, aunque no intelectual. Tan absortos están en sus cavilaciones, que la mujer llegada de fuera no puede hacer otra cosa que apostillar lapidariamente: “la muerte plantea crueles problemas” La muerte no sólo del ideólogo, también de los ideales que defendía, a punto de ser liquidados si el responsable de restituir las palabras inciertas no logra religarse a la idea que el comité amenaza. Algo confuso todo esto, pero Adamov es así: tangencial en su exposición, como la vida misma.
Afirmaba Arthur que en las dos primeras décadas del XIX se producirían en los Banlieus aledaños a París algunos incidentes no desdeñables: quema masiva de vehículos, comercios asaltados... Que estas manifestaciones se combinarían con medidas del gobierno tendentes a restringir el flujo de emigrantes y el endurecimiento de los permisos de residencia. Adamov explica la actuación del gobierno a su manera: vamos a proteger a unos cuantos individuos con capacidad de iniciativa pues el país los necesita si no queremos herir nuestros intereses vitalmente, así pues el gobierno aprobará medidas y leyes lesivas para el pueblo con el objetivo de preservar los privilegios desorbitados de la superestructura del poder financiero. Por supuesto, la complicidad entre autóctonos y emigrantes será castigada con la restricción de los derechos civiles de los primeros.
Así expresa Adamov el anonadamiento que le embargaba en aquellos años de guerra fría. Su punto de vista sigue vigente hoy, en estos años de guerras calientes y desastres nucleares.
Por último, El profesor Taranne es una curiosa indagación acerca de la honorabilidad burguesa y el prestigio académico. Taranne, modélico profesor, es acusado por unos niños de desnudarse a la orilla del río en que ellos juegan. Más adelante alguien deja notitas obscenas en las casetas de baño de una playa, por último le entregan un mapa con un itinerario de fuga a partir de un hipotético pasaje de barco que él niega haber comprado con la intención de eludir las acusaciones que le agobian. La obra termina con Taranne que despliega el mapa sobre un atril. “Es una gran superficie gris, uniforme, vacía del todo. El profesor, de espaldas al público, lo contempla durante un momento y luego, lentamente, empieza a desnudarse. Telón”.


Extraído del periódico CNT

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